Fundamentación:
Esta mesa tiene por objetivo invitar a un diálogo transversal sobre el dolor social como categoría crítica para superar las miradas biomédicas e individualizantes (Capella, 2023) centradas hoy solo en la salud mental individual en los territorios educativos. Esto se fundamenta en que entendemos que los padecimientos en los cuerpos y subjetividades no son meras enfermedades biológicas, sino el resultado de procesos sociales, políticos, culturales y económicos que traen consigo situaciones estructurales de vulneralidad, exclusión y expulsión social.
Consideramos que el dolor social posee una “virtud descriptiva” que permite politizar malestares como la depresión, el estrés o la angustia, entendiéndolos como expresiones de una “sociogénesis” de los trastornos subjetivos vinculada a la precarización de la vida (Esquembre, 2023; Renault, 2008). Precarización que se reconfigura diariamente y que consideramos que hay que hablar, debatir, reflexionar y repensar pues pareciera adjuntarse a ella la “derrota social” y la “vergüenza” quienes se vuelven bisagras que unen las desigualdades y el deterioro psíquico y social. Ambas “fracturan” primero las subjetividades (Mascayano, 2026) y luego los cuerpos, los que transparentan deterioro en todas las dimensiones posibles de imaginar.
Desde una sociología del Sur Global, invitamos a pensar los territorios educativos como espacios atravesados por desigualdades persistentes, incertidumbres y procesos de desposesión que condicionan las formas de habitar, participar y construir sentido. El dolor social deja marcas en los modos de estar en el mundo, limitando capacidades de acción, expectativas de futuro y experiencias de pertenencia (Bareiro-Gardenal, 2021; Seveso & Vergara, 2012). Expresado esto en silencios, ausencias y formas fragmentadas de participación; he aquí la importancia de recuperar saberes y prácticas comunitarias de pueblos y comunidades que históricamente relegados que sostuvieron formas colectivas de cuidado revalorizando el sentido social de lo común, el acompañamiento mutuo y la responsabilidad colectiva frente al dolor social (Walsh, 2009; Segato, 2018).
Convocamos a “suspender y suspendernos” como referentes de distintas instituciones, ciudadanos/as, docentes, investigadores/as a dialogar sobre las formas y modos de vivir en los territorios -hogares (escuela, familia, clubs, salas de primeros auxilios, otros), problematizando
la individualización del sufrimiento que parecen, a veces, adormecer la participación en los “asuntos” propios que provocan dolor social y así construir nuevas semánticas de lo común, fortaleciendo prácticas de solidaridad, reconocimiento y reconstrucción del tejido social (Durán & Romero, 2024; Lasch & Pérez-Roa, 2019).